Los seres humanos estamos dotados de esa maravillosa virtud que es la palabra, para, a través de ella, poder manifestar todo lo que le ocurre. Esa palabra es el resultado fisiológico de un proceso evolutivo al que conocemos como voz. Este “milagro” de la naturaleza, que por otra parte nos hace especiales, es una facultad que hay que construir. Por tanto, no existen pócimas milagrosas,  ni bálsamos maravillosos, ni trucos de magia que hagan posible que manejemos nuestra voz de un día para otro. Como en todo proceso de aprendizaje, se exige un trabajo concienzudo y constante, dirigido a lo que cada individuo espera de su voz. Por suerte, el talento nato no es condición sine qua non, ni una suerte de genialidad para “sonar” bien. “Sonar” bien es el producto de las virtudes: constancia, paciencia y voluntad.

Bien. El significado de trabajar la voz, no es otro que el de conocer los mecanismos por los cuales este prodigio humano se produce y, en ese camino, debemos acercarnos al conocimiento de nuestro aparato fonador.  La voz es producida por el aire exhalado desde nuestros pulmones hacia la laringe, lugar en el que se encuentran las cuerdas vocales, estas, al paso del aire, vibran. Esta primera fase del proceso es totalmente voluntaria, generada por el deseo de emisión sonora. Una vez iniciado este proceso, el sistema nervioso central, genera un número importante de órdenes que ponen en funcionamiento todos los sistemas que participan en la fonación, a saber: el sistema respiratorio, el sistema fonador, el sistema articulador y el sistema resonador. Frente a los anteriores, tenemos como sistema supervisor o fiscalizador al sistema auditivo que se encarga de mantenernos autocontroladas  las emisiones en cuanto a volumen, intensidad, velocidad, tímbrica y, por supuesto, contenido. El cerebro no puede articular frases con coherencia si no tiene un retorno auditivo correcto. A todo lo anterior, tendremos que sumar el funcionamiento imparable de nuestro sistema límbico, este, se encarga de todas nuestras emociones afectando por lo tanto nuestra postura, voluntad, disposición y respiración, actuando como bloqueador o euforizante de nuestra producción vocal.

De esta manera vemos como el cuerpo humano es una unidad indivisible que reacciona a  psíquica, emocional y muscularmente a los estímulos recibidos. Es reacción en unidad constituye una interrelación profunda entre el comportamiento del cuerpo y el estilo comunicativo y musical de la persona.  Si tenemos suficientemente en cuenta la interacción de nuestro sistema límbico (emociones) con nuestra capacidad para producir sonido (voz), debemos estar atentos  a  como se activan nuestros mecanismos de tensión en diferentes instancias de la comunicación a través de la voz hablada o cantada. Vemos, pues, como se constituye un cuadro cíclico de la relación entre la voz, el cuerpo y la comunicación, que implica a su vez, una transversalidad con el mundo emocional.

Para generar cambios en nuestras reacciones,  debemos remitirnos a un ejercicio de auto-observación y propiocepción que nos genere información sobre donde  instalamos nuestros conflictos en forma de tensión muscular, sus consecuencias e influencia en nuestra producción vocal, y, a partir de ahí encontrar la manera de mantener a todos los elementos del sistema a tono y en condiciones saludables.

 

 

 

 

 

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