Un Accidente muy Afortunado. Parte I

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Lorena Delgado
Vocal Coach

Nunca antes de esa clase accidental me había planteado aprender a cantar.

Mis intereses musicales se limitaban a tomar clases de piano medianamente obligada por mi madre, quien consideraba que esa era la mejor forma de desarrollar la coordinación ojo-mano, y hasta cierto punto tenía razón, pues podré no ser la pianista más habilidosa, pero si tener un gran dominio del teclado de la computadora. La única relación que había tenido con el canto hasta ese momento era la de inventar canciones mientras jugaba con mis perros, tararear en la regadera alguna melodía que hubiera escuchado y ya yéndonos a los extremos cantar al unísono de la radio del auto.


Entré a la escuela de música pensando únicamente en las clases de piano y nuevamente por
influencia de mi amadísima progenitora terminé ahí, frente a una vocal coach, un piano y cantando unas escalas que jamás había escuchado antes, preguntándome qué caramba estaba haciendo yo allí, todo porque los horarios cuadraban y había una clase de canto disponible justo después de mi lección de piano. Total que el asuntito este de recitar sílabas aparentemente inconexas al son de un piano, me gustó y seguí asistiendo a las clases.
Con estos primeros entrenamientos saludé y conviví con mi voz por primera vez y no nos llevamos mal, aunque no nos entendíamos mucho pues yo le pedía que hiciera cosas y ella nada más no me hacía caso, andaba del tingo al tango haciendo su santa voluntad sin que yo tuviera mucho control de lo que estaba sucediendo. Mientras avanzaban las clases los malentendidos se fueron solucionando, pero habían ciertas cosas que simplemente no mejoraban.

Mi voz tenía un sonido extraño y atípico que llegaba al punto de ser preocupante, por lo que en un recital que dio la escuela y en el que participé, otra profesora de canto me comentó que sería buena idea agendar una cita con el foniatra. Comencé a tomar clases con ella y como me indicó asistí al foniatra y PUM tremenda noticia que me soltaron en la primera consulta: “Lorena, tienes nódulos y un reflujo de lo peor” Me quedé fría no entendía de dónde provenían esas lesiones si nunca antes había cantado; siempre he sido medio gritona e histriónica, pero tampoco era como para desarrollar un problema vocal tan severo como lo son los nódulos. El tener conciencia de mi reflujo y de este padecimiento vocal me llevó por un camino que hasta hoy en día sigo recorriendo, el de forjar hábitos saludables que le den una larga vida a mi voz.


En fin continué con los entrenamientos porque se me había ocurrido cantar en mi clase de música de la secundaria y como a todos les gustó un montón el profesor decidió que sería la cantante predilecta de mi grupo y prácticamente de toda mi generación. Cambié de profesora de canto porque aunque las clases funcionaban me sentía estancada, era como si no hubiera nada más que mejorar, pero esta versión de los hechos no me hacía sentido pues seguía percibiendo a mi voz como un ente ajeno a mí, como un ser en el que podía confiar aunque no demasiado y que tenía un buen sonido, pero nada extraordinario ni del otro mundo. No podía cantar las canciones de rock que quería y le tenía un pavor tremendo a los agudos porque me generaban mucha incomodidad y tenían un sonido en extremo airoso por los nódulos. Añadido a esto en ese tiempo estaba pasando por una inestabilidad emocional profunda que se veía reflejada directamente en mi voz; en varias clases de canto terminé llorando y la profesora simplemente no sabía qué hacer, así que abandoné las clases.

En 15 días te invito a descubrir el final de esta historia sobre entrenamiento vocal.

¡No te lo pierdas! puedes encontrar algo valioso para tu voz.